Mareo, mareo…
A pies juntillas… en lo alto… en el borde del mueble-estantería… de cara al vacío perfecto. Que coñio de grande es el vacío. Vaguito-el-bajito, de milímetro y medio de altura, está a punto de realizar un salto del ángel, totalmente seguro de caer dentro de la litrona medio llena que habita aquel submundo de un par de millares de milímetros más abajo. La cabeza se le volatiliza y el estómago le predica futuros regurgitamientos. Ahí va… de cabeza…lento…el cuerpo gira sobre sí mismo tomando como eje cualquier línea vital…¿¡dónde coñio está abajo!?… Una eternidad de vacío recorrido. SSSSSPLASSHHhhhhhhhhhhh…casi roza el borde amarillo baboso de la botella. Perdone burbuja… ¿sabe dónde está arriba?… es que necesito aire como la birra que bebojjjuarg…
–Ya ven señiores, el intelestual de turno también sabe de serdos…
Odiaba al Costra cuando aparecía sin permiso. Pero no estaba en condiciones de escribirlo en papel de váter usado y clavárselo con un cuchillo largo entre cejas, que es lo que deseaba, claro.
Amaba al Costra cuando le veía sinceramente preocupado por él, fregona en mano y acto seguido recogiendo mierda. En silencio.
Cómo odiaba su vida y su alcohol marijuanado cuando la resaca se vestía de púgil enorme, invencible, y lo cosía a hostias con guantes de plomo, sin darle posibilidad alguna de esquivar.
Cómo amaba todo cuando sentía recobrar el poder de dominar su razonamiento, sus movimientos, su habla… Lentamente… con seguridad. Hasta llegar a esbozar una sonrisa y gritar a viva voz: ¡¡HE VUELTO!!